brasil fútbol

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¡Que paliza!, ¡Que tristeza!, fueron las únicas frases que rondaban mi cabeza al finalizar el partido Alemania-Brasil. Durante el mismo sólo tuve tiempo para decir una, -Ahí viene el primero-, segundos después Müller celebraba su quinta diana del torneo. Del resultado final, mejor ni mencionarlo.

El dolor pasa, el recuerdo quedará clavado como la espada en la piedra, en espera de un Rey, que puede llevar como nombre Neymar y junto a él, caballeros de la cancha rectangular, dispuestos a regresar en el tiempo en busca de la magia y la fantasía perdida. Esa que hacía la diferencia, en cada toque, en cada desmarque.

La canarinha levantó la Copa antes de jugar la final. Apostaron todo a una estrella naciente, dándole la responsabilidad de ser el heredero de la clase ilustre en materia futbolera, pero no se dieron cuenta que el nuevo “10” estaba solo en su trono, que la gloria de la Confederaciones era un espejismo, despejada con siete bombas teutonas.

Las lágrimas y el perdón no ocultarán los caprichos de Scolari, amado y elogiado en 2002, recriminado y avasallado después de 90 minutos en Mineirao. Su renuncia a los banquillos, nada que ver con la guillotina a la que quieren llevarlo, sino el querer introducir movimientos rudos a un baile de elasticidades.

La escena está lista para los protagonistas que dirimirán el título del Mundial de Fútbol Brasil 2014, Alemania-Argentina. La sede no estará, pero si habrá un duelo que pide revancha. Brasil olvidó el Maracanazo, porque siente en sus espaldas el peso de unos tanques que aplastaron sin piedad. Mérito para ellos, que sí han evolucionado en esto de dar patadas a un balón. Ahora usan la mente, el cuerpo y lo hacen arte.

Las estrellas colmarán el pecho verde-amarelo, pero será difícil tocarlas desde casa.

¡Seguimos pateando el balón!